¿Qué es la matrescencia?

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¿Qué es la matrescencia?

La matrescencia es el periodo de transición que vivimos las mujeres de no tener hijos a convertirnos en madres.

La maternidad nos cambia para siempre. Y este proceso de transición no se da de un día para otro, claro. Comienza en el embarazo, e incluso antes, desde el momento en el que nos planteamos convertirnos en madres. Ahí  empieza esta transformación que no termina tras el posparto o el puerperio, no. Porque el embarazo, el parto y el posparto se han abordado desde el modelo biomédico hegemónico, pero no se ha profundizado lo suficiente en cómo estos procesos afectan a la vida de la mujer desde una perspectiva biopsicosocial. Y es precisamente tras el nacimiento del bebé cuando se producen más cambios en la vida de su madre, es en este momento cuando empieza la matrescencia propiamente dicha.  La mujer debe reestructurar su  identidad, su mundo, su tiempo, sus prioridades… Durante la matrescencia entran en juego factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales, por lo tanto cada una lo vivirá de diferente manera en función de sus circunstancias. Es una época de desorganización y vulnerabilidad psíquica, en la que se deben aprender nuevos roles y reintegrarlos con los anteriores. Se produce un cambio interno que puede llevar a tener conflictos con una misma y con el entorno.

A nivel biológico, la maternidad implica toda una serie de cambios fisiológicos que nos afectan de manera global. El periodo perinatal es un momento de gran neuroplasticidad en la mujer y en el bebé, y distintos estudios han demostrado que efectivamente se dan una serie de cambios en la morfología del cerebro materno durante esta etapa. Nuestro cerebro cambia durante el embarazo y el posparto. Los niveles hormonales también van cambiando, y tras el parto caen los niveles de hormonas placentarias y aumentan los niveles de prolactina y oxitocina, lo que crea un escenario biológico distinto al del embarazo, pero que tampoco es el de antes. Una revolución hormonal en toda regla. Una segunda pubertad.

A  nivel psicológico, el embarazo se caracteriza por una creciente sensibilidad emocional y una necesidad de revisar y comprender los vínculos primarios para poder vincularnos afectivamente con el recién nacido. Es una etapa en la que nos solemos formar muchas expectativas acerca de cómo será el bebé, y cómo será la maternidad. Tras el nacimiento del bebé, estas expectativas raramente se cumplen. El cómo vivamos este periodo  va a estar influido por factores como nuestro autoconcepto, la autoestima que tengamos, nuestra autoconfianza, nuestra inteligencia emocional, etc.

A nivel social, influyen diferentes factores interpersonales  y ambientales como son la calidad de la relación de pareja, el apoyo de la familia extensa, la presencia de estresores, la manera en que fuimos criadas por nuestros propios padres, el nivel socio-económico, etc.

A nivel cultural, influyen los rituales que se dan durante el embarazo y el posparto y la idea cultural de la maternidad. En nuestra cultura, por lo general se le presta mucha atención a la mujer durante el embarazo. Todo el entorno suele estar muy pendiente de sus necesidades, hay muchos  controles pre-natales, se suele celebrar  el típico “baby-shower”… Pero una vez nace el bebé, se le deja de prestar atención y apoyo a la madre en la mayoría de los casos. Se espera que se recupere cuanto antes del parto, que cuide de su bebé, que trabaje fuera y dentro de casa, que esté estupenda, y además que esté siempre feliz. En otras culturas no occidentales se les presta muchísima atención a las mujeres tras el nacimiento de su bebé, hay una serie de rituales y se considera el nacimiento como un acontecimiento importante que cambia el estatus social de la madre. Se les da mucho apoyo y sólo tienen que encargarse de estar con su bebé, mientras que otras mujeres se ocupan de las otras tareas. Pero no es así en la nuestra, que la maternidad se suele vivir en solitario.

El cómo confluyan todos estos factores va a modelar la experiencia de maternidad que viva cada mujer. Por lo tanto, si algo son las experiencias de las madres, son diversas.

Hay varios desafíos a los que debemos hacer frente durante la matrescencia. En primer lugar, la pareja (en caso de que haya una pareja) pasa a ser una familia. A partir del nacimiento del bebé aumentan las responsabilidades, las tareas… Hay que adaptarse a la nueva situación, repartir las tareas, administrar el tiempo, ajustar los roles de cada uno… Esto puede hacer que aparezcan desacuerdos y tensiones. Además, al principio es normal estar cansados y tener poco tiempo para la intimidad, lo que puede generar cierto malestar.

En segundo lugar, las expectativas que teníamos respecto a la maternidad y nuestro bebé raramente coinciden con la realidad. Nuestra sociedad omite cuáles son las necesidades reales de un recién nacido y lo que conllevan. Un bebé necesita contacto continuado y lactancia a demanda. Pero las imágenes que nos llegan a través de los medios de comunicación son las de bebés tomando biberón, durmiendo en sus cunas, felices, sin apenas necesidad de contacto. Y madres encantadoras, sin rastro del embarazo, bien peinadas y arregladas, atendiendo a su bebé, con la casa de catálogo de revista, haciendo vida social como antes de tener hijos… Cuando la maternidad implica atención constante al bebé, noches sin dormir, etc.

En tercer lugar, la ambivalencia entre el deseo de cuidar y el deseo de ser cuidadas. Durante el embarazo se le presta muchísima atención a la mujer, pero esta atención desaparece tras el nacimiento del bebé. Se da por hecho que la madre no tiene necesidades, y se asume que debe atender al niño, recuperarse tras el parto, atender la casa, etc. Todo esto sin apenas apoyo. Y muchas veces aparecen sentimientos encontrados, ya que no queremos separarnos de nuestro bebé, estamos «a tope» de oxitocina, pero al mismo tiempo sentimos que necesitamos tiempo y espacio emocional para nosotras mismas. Esta ambivalencia no suele ser fácil de vivir, y menos todavía cuando no está normalizada y sigue siendo tabú.

En cuarto lugar, es habitual que aparezcan sentimientos de culpa y vergüenza por pensar que no se llega a este modelo ideal de madre perfecta que vemos en los medios, y al que se supone que todas deberíamos aspirar: estar siempre felices, atender perfectamente al bebé sin tener necesidades propias, trabajar fuera y dentro de casa… Esto genera malestar y acrecienta el sentimiento de soledad, porque son sensaciones que no suelen compartirse por no estar bien vistas socialmente.

La matrescencia es una etapa de transición por la que pasamos todas las mujeres al convertirnos en madres. Una crisis vital que finalmente resulta ser una oportunidad de crecimiento personal, aunque a veces cueste creerlo. ¿Cuál es la mejor manera de transitarla? En primer lugar, debes saber que es totalmente normal tener estos sentimientos ambivalentes. En segundo lugar, presta atención a lo que te dicen tus emociones; tú sabes mejor qué nadie lo que necesitas, no te autoimpongas expectativas ajenas. Trata de tomar conciencia de ti misma, observa en qué momentos sueles sentirte más triste, enfadada, frustrada, para ver qué factores puedes modificar para sentirte mejor. Y en tercer lugar, habla de lo que sientes con personas que te puedan brindar apoyo. El papel que desempeñan los grupos de apoyo a la lactancia, círculos de madres, etc. es fundamental  en estos casos; hablar con otras mujeres que están pasando por lo mismo que tú resulta reconfortante y el hecho de apoyaros mutuamente aumenta la sensación de capacidad.

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