Mi experiencia con la matrescencia

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Mi experiencia con la matrescencia

Me quedé embarazada de Oriol poco después de cumplir los 30 años. Debo confesar que nunca había sentido  “instinto maternal”, y hasta que cumplí esa edad no me había planteado seriamente la posibilidad de ser madre.

Pero con la llegada de la treintena a mi vida, esto comenzó a cambiar. ¿Por qué? Pues básicamente por dos motivos: mi pareja empezó a planteármelo,  y empecé a visualizarlo como algo real. Y el segundo motivo, quizás algo infantil, es que todas las mujeres a mi alrededor estaban teniendo hijos. Mis amigas, mis primas… Así que sí, mentiría si dijera que el entorno no me influyó a la hora de tomar esta decisión.

En aquel entonces yo tomaba la píldora anticonceptiva (arrgghh, qué horror, caca) y al dejar de tomarla, tuve un mes la menstruación “normal” y al mes siguiente me quedé embarazada, prácticamente a la primera y sin esfuerzo (vale, sí, me descargué un programa en el móvil muy chulo en el que anotaba las veces que intimaba con mi pareja, y cuando vi que se acercaba el momento en el que calculé que debía ovular, ¡zas! Hice unos “esfuerzos” extra).

El día que debía de haberme venido la regla, bajé a la farmacia y compré un test de embarazo sin decírselo a mi pareja. Llegué a casa e hice lo que debía hacer según el manual de instrucciones. Pues bien, a los 5 minutos de haber hecho pis en el palito, me asomé y vi las dos marcas. ¡Embarazada! Madre mía, empecé a temblar y a caminar de un lado a otro. ¿Ahora qué? Le hice una foto temblorosa al test y se la mandé a mi chico, pero al enviarla me arrepentí y lo llamé por teléfono. Él emocionadísimo también, vino a casa y nos abrazamos, nos reímos, lloramos…

Hay mujeres que esperan un tiempo prudencial antes de anunciar a su entorno que están embarazadas. No fue mi caso. No pude aguantar las ganas de compartir con todo el mundo la alegría y emoción que sentía.

El embarazo transcurrió bien, todo fue según lo previsto. Los tres primeros meses tuve bastante sueño, y náuseas, pero todo muy llevable. El segundo trimestre fue una maravilla, y al llegar al tercer trimestre me empecé a agobiar con el sobrepeso y la ciática, pero en general muy bien. Durante todo el tiempo que duró mi embarazo, me preocupé de informarme muchísimo del propio embarazo, del parto y del posparto, y de los cuidados al recién nacido. Asistí a todas las clases de preparación al parto, a todos los controles prenatales. Hablé mucho con mi madre, con mis amigas, con otras mujeres que habían sido madres, para prepararme para lo que venía. Y porque a las embarazadas nos gusta hablar y compartir lo que estamos viviendo, también. ¿Y qué información me llegaba a través de mis amigas, de los libros que leí, de las revistas que compré…? Pues que era súúúper importante dejar preparada la canastilla para el bebé, probar diferentes marcas de pañales, ver catálogos de carros de paseo, ver las últimas tendencias en moda para bebés… Ay, si yo hubiera sabido lo que venía…

¿Y cómo me preparé para la llegada de Oriol? Pues dejé preparado todo lo que supuestamente iba a necesitar: su carro, su mini-cuna, un calienta-biberones con sus correspondientes biberones, la silleta del coche,  un montón de ropa para cada ocasión, un humidificador, la bañera, un cojín de lactancia… En fin, una gran cantidad de cachivaches que más tardé descubrí que me podía haber ahorrado.

Llegó el día del parto. Esa madrugada me empecé a encontrar mal, y al levantarme rompí aguas. ¡Ya venía el niño! Desperté a mi chico, me di una ducha mientras él ponía una lavadora (sí, sí, una lavadora), cogimos las cosas y nos fuimos al hospital. Allí nos dijeron que iba todo bien y que efectivamente Oriol iba a nacer ya. Y así fue, después de unas horas que recuerdo con mucho cariño, Oriol nació.

La llegada de mi niño al mundo fue muy bonita, pero para ser sincera, no me enamoré de él al verlo como le he oído decir a otras mujeres. Me parecía increíble que esa cosita tan bonita hubiera salido de mí, y que fuera mi hijo. ¿Hijo? ¡Qué palabra más grande! Y yo era su madre…

Los días en el hospital pasaron como en una nube, con gente entrando y saliendo para conocer al recién llegado. Recuerdo tener  miedo de hacerle daño, de aplastarlo al estar con él en la cama, de que pasara frío o calor… Y no quería que nadie, aparte de su padre o yo, lo cogiera. Esos días ahora me parecen un sueño, los tengo algo borrosos  y confusos, pero las sensaciones en general fueron buenas. El niño además se enganchó bien a la teta (a una mejor que a la otra, pero esa es otra historia), y yo me sentía feliz porque desde el embarazo había planeado que se alimentara de mis pechos.

Al volver a casa las cosas empezaron a cambiar y no me sentía bien del todo. Al principio pensé que era normal, sería el baby blues, las hormonas, las visitas y el descontrol. Además, aunque yo sabía que la lactancia era a demanda, ¿era normal tanta demanda? ¿Por qué el niño no quería pasear en el carro, no quería dormir en la cuna, y sólo quería estar encima de mí? Ostras, el día antes de dar a luz salí a pasear, me duché, cené fuera de casa… Ahora no tenía tiempo ni de mirarme al espejo. Y casi que mejor, porque vaya ojeras, vaya pelos, vaya…  ¿Y esos manchurrones de leche  en la ropa? ¡No me acordaba ni de la última vez que había comido! ¿Por qué no tenía tiempo para nada? ¿Y por qué nadie me preguntaba que cómo me encontraba  yo?

Fueron pasando las semanas y yo no me terminaba de encontrar a mí misma. ¿Dónde estaba Ana, esa mujer sociable, con ganas de aprender, de vivir, de salir, de viajar…? ¿Ahora era una maruja cuya máxima preocupación era sacar un hueco para poner una lavadora? Y me encantaba mi bebé, ahora sí me había enamorado de Oriol y no a primera vista, como esperaba. De hecho, a las 16 semanas se suponía que debía volver a trabajar pero no quise reincorporarme. Y antes de nacer pensaba que 16 semanas eran tiempo más que suficiente. Pero no, tomé la decisión de quedarme en casa con él. Pese a ser una decisión que tomé de manera consciente, no me sentía bien. ¿Qué me estaba pasando? Muchas dudas, muchas contradicciones, muchas incoherencias… Entonces pensaba que algo no estaba bien en mí, porque yo debería estar feliz de la vida y no tener ninguna queja: tenía a un bebé sano y precioso, había creado una familia, tenía un hogar donde vivir, una familia que me apoyaba (aunque yo sentía que no lo suficiente, también debo decirlo). Pero no me sentía feliz. Estaba cansada, desbordada, de mal humor… Pero no compartía con nadie esos sentimientos. ¿Cómo le iba a decir a alguien que me sentía así? Hubiera pensado que era una desagradecida, si no había motivo alguno para ello…

E inmersa en esa vorágine de emociones descontroladas, me quedé embarazada de mi segundo hijo, Marc. Oriol sólo tenía 6 meses, y en esos momentos pensé que quería darle un hermanito cuanto antes. Dejé de tomar precauciones al tener relaciones sexuales y me quedé embarazada enseguida. Pensaba que iba a tardar un poco más, pero como fuera, fue una buena noticia y me alegré muchísimo. El segundo embarazo lo viví ocupándome de Oriol, que todavía era un bebé pequeño, así que apenas tuve tiempo de descansar y cuidarme. Y nació Marc. Los primeros meses fueron una locura. Oriol empezaba a andar, y Marc estaba todo el rato encima de mí. Esta vez ya sabía lo que supone tener un bebé, así que no me pilló por sorpresa. Fue una etapa dura, de muchísimo cansancio.

Cuando Oriol estaba a punto de cumplir dos años y Marc acababa de cumplir nueve meses, le diagnosticaron cáncer a mi madre. Dos meses después falleció. Creo que no hace falta que explique lo mal que me sentí durante los meses que transcurrieron entre que le diagnosticaron la enfermedad a mi madre y su fallecimiento, y el duelo que tuve que vivir después en plena matrescencia, con dos niños muy pequeños.

Pasé unos meses horribles. Echaba mucho de menos a mi madre, y no me podía permitir llorar, descansar, gritar… Seguía haciendo lo que tenía que hacer, ocupándome de los niños, haciendo en casa lo que podía (que era más bien poco), y ya está. Y seguía sin encontrarme a mí misma, no me conocía desde que había nacido Oriol, menos ahora con todo lo que había pasado. En tres años, dos nacimientos y una muerte. Las personas más importantes de mi vida.

Una noche, tuve una discusión muy fuerte con mi pareja. Confieso que le culpaba a él de gran parte de mis males, sentía que no me apoyaba lo suficiente y que no atendía mis necesidades. Y el hecho de estar viviendo el duelo me daba cierto permiso para hablarle mal, o al menos eso pensaba yo. No le decía lo que esperaba de él, y luego me enfadaba si no lo adivinaba. En fin… Tras discutir con él, ahí sí, lloré, grité, rabié… Pero fue en ese momento cuando me dije que tenía que salir de esa situación.

Me propuse ser feliz, feliz de verdad. Así que saqué afuera a la pequeña científica que llevo dentro y me convertí en mi principal objeto de estudio. Me compré una libreta en la que empecé a anotar mi día a día, cuáles eran las actividades que hacía, qué emociones estaba sintiendo, en qué momentos me sentía triste, enfadada, contenta… Y disfruté, disfruté mucho haciendo esto. Estuve varias semanas observándome y analizándome. Ostras, hacía muchísimo tiempo que no escuchaba mi voz interior, que no hablaba conmigo misma, que no pensaba en mí como en una persona con necesidades que cubrir. ¡Qué gustazo! Recuperé la sensación de control que había perdido, y aprendí mucho sobre mí. Y confieso, me empecé a gustar mucho más que antes.

Descubrí cosas de mí que antes no conocía. Y empecé a tomar decisiones. Decidí que iba a quitar de mi vida lo que  me hiciera sentir mal, y que me iba a quedar sólo con las cosas buenas. Decidí invertir tiempo en mí, en hacerme feliz. Decidí trabajar en mejorar la comunicación con mi pareja para salir de esa espiral tóxica en la que se había convertido nuestra relación. Decidí planear cosas bonitas. Decidí disfrutar de mis hijos. Decidí conectar conmigo, con mi esencia. Decidí ser la responsable de mi felicidad.

Y en esas andamos. Aprendiendo y mejorando cada día.

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