La matrescencia como oportunidad de crecimiento personal

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La matrescencia como  oportunidad de crecimiento personal

Se habla mucho de las sombras de la maternidad. La maternidad tiene luces y sombras. Eso dicen. A mí no me gusta mucho utilizar esos términos. Ahora bien, la maternidad tiene partes bonitas y partes feas. Esto es así. ¿Cuál es el problema? Que normalmente se idealiza, se llega a sacralizar, la maternidad como algo sagrado. Las mujeres estamos naturalmente preparadas para cuidar de nuestros hijos, ¿verdad? Y además, cuidar de un bebé tampoco debe ser muy complicado, mira qué monos los pequeños que vemos en los anuncios de pañales, tan rosaditos, tan rubios, tan felices… Y esas madres tan en sintonía con sus hijos, tan guapas y bien peinadas, siempre preparadas para atender las necesidades de su bebé con una sonrisa en la cara…

Y aquí llegan los problemas, porque ¿qué mujer está preparada para asumir de un día para otro ese papel de diosa del hogar, madre amantísima, que deja de tener deseos, necesidades y vida propia, para consagrarse al cuidado de su bebé? Yo no conozco a ninguna, la verdad. Cuidar de un bebé es una responsabilidad muy grande, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Requiere de un gran sacrificio por parte del cuidador principal o figura de apego, que la mayor parte de las veces suele ser la madre. Pero nadie valora este trabajo, y además se suele hacer con un apoyo mínimo por parte de la sociedad. Y ojo, que tengo claro que ese bebé se merece ser atendido cubriendo todas y cada una de sus necesidades, faltaba más. Los recién nacidos son seres indefensos y vulnerables, totalmente dependientes. Pero, ¿quién cuida del cuidador, o en este caso, de la cuidadora?

Creo que cuando se habla de las sombras de la maternidad, en la mayoría de las ocasiones se habla de esto. La madre reciente debe enfrentarse a sus deseos contradictorios, a sus emociones ambivalentes. “Adoro a mi bebé, pero necesito descansar”, “¿por qué nadie me pregunta cómo estoy o qué necesito?”,  “vaya día de m…, tengo ganas de salir corriendo y mandarlo todo a paseo”,  “soy una madre horrible, ¿cómo puedo pensar estas cosas…?”, “como soy una madre horrible, soy una persona horrible también”, y así…

Al convertirnos en madres debemos anteponer las necesidades de nuestro bebé a las nuestras. Claro, nos necesita para sobrevivir. Y nosotras podemos sobrevivir durmiendo poco, duchándonos en dos minutos y dejando de hacer las actividades que nos apetecen cada vez que nos apetecen. Por supuesto. Pero tenemos derecho a sentirnos mal. Tenemos derecho a tener contradicciones. Tenemos derecho a amar a nuestros hijos más que a nada en el mundo, pero a la vez  a querer tiempo y espacio emocional para nosotras también. Es muy difícil ser madre en una sociedad que no apoya a las madres, que no valora los cuidados ni la maternidad.

Pero precisamente estas “sombras” son las que nos pueden ayudar a conocernos mejor, a crecer. La matrescencia es un buen momento para mirar hacia dentro, hacia lo más profundo de nosotras mismas. Conectar con  nuestra esencia. Esta etapa de la vida nos obliga a reestructurar nuestra identidad, nuestro tiempo, nuestros valores, nuestras prioridades. A revisar lo que pensamos, lo que tememos, lo que deseamos. A reorientar nuestras preferencias y placeres. A cuestionarnos las relaciones que hemos ido estableciendo. ¿Por qué no hacerlo de forma consciente?

Empieza a prestar atención a lo que sientes, a tus emociones. Las emociones no son ni buenas  ni malas, son necesarias porque te dan información valiosa, información acerca de ti. ¿En qué situaciones te sientes más desbordada? No te juzgues, escúchate.  Exprésate. Ayúdate, simplifícate la vida. Quita lo superficial, lo que no te sirve, lo que te molesta. Deja de quedar con esos “amigos” a los que en realidad no te apetece ver. Deja de intentar cumplir con todo el mundo y cumple contigo. Ve a pasear a aquel lugar que te gusta y te hace sentir bien. Respira hondo. Pregúntate qué quieres. Pregúntate qué necesitas. Pregúntate mucho, y respóndete con sinceridad y cariño. ¿Tienes ganas de salir corriendo? Es lícito y normal sentirse así. Pero pasará, recuerda que pasará. Pide ayuda a la gente que te quiere, ayuda práctica, ayuda para ti. No tengas miedo de expresar tus necesidades, nadie tiene por qué saber qué necesitas si no lo pides. Y las personas que te quieren desean que seas feliz. Empieza a organizar tu vida como tú quieres vivirla.

La matrescencia es una etapa maravillosa y complicada a la vez, conlleva cambios y reajustes que van desde lo más profundo de una misma hasta el exterior, el entorno, la familia, la sociedad. Yo creo que además es una oportunidad de autodescubrimiento y crecimiento personal brutal, que nos puede llevar a ser nuestra mejor versión. Por nosotras, por nuestros hijos, por el mundo.

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